viernes, 23 de octubre de 2015

Literatura. Relato Corto




El Fantasma

Iván era bastante delgado, de pelo castaño y ensortijado, tez blanca, ojos grandes, claros, de estatura normal para sus diez años, algo despistado, un niño muy introvertido y asustadizo. Había muchas cosas que le producían miedo, pero por encima de todas estaba la oscuridad. No consentía irse a dormir sin que su madre le dejase la luz de la lamparita encendida, o la puerta entreabierta para que entrase claridad desde el salón. Para él, abrir la puerta de una habitación cerrada y a oscuras era todo un trauma, de hecho lo hacía con los ojos cerrados y palpando con la mano la pared hasta encontrar el interruptor. Se sabía de memoria dónde estaban todos los interruptores en todas las habitaciones de la casa; encendía la luz y hasta ese momento no abría los ojos y miraba en el interior. Su madre le había dicho muchas veces que no tenía nada que temer, pero él siempre se imaginaba que algo terrible se escondía en el interior de aquellas estancias cerradas y a oscuras: algún monstruo, un despiadado asesino...
La primera vez que entró en la casa habían pasado varios meses desde el fallecimiento de su abuelo, porque parte del año su familia y él, por motivos de trabajo de su padre, vivían en otra localidad. Era una casa de vecinos de cuatro plantas en la que ellos ocupaban el tercer piso y sus abuelos la planta baja. El dormitorio de estos estaba justo en el arranque de las escaleras que accedían a todo el inmueble. Entraron toda la familia: sus padres, su abuela y su hermana mayor, cargados con maletas y al pasar por delante de la puerta de la habitación, Iván notó algo raro. A pesar de ir acompañado, una extraña sensación recorrió su cuerpo. Hicieron varios viajes hasta descargar todo el equipaje y el desasosiego del niño iba en aumento cada vez que pasaba cerca del dormitorio. Aquella noche, ya tumbado en su cama, no podía conciliar el sueño. Algo rondaba por su cabeza, pero no sabía exactamente que era, lo cierto es que le tuvo varias horas en vilo.

A la mañana siguiente era sábado. Nada más desayunar, salió corriendo en busca de su gran amigo José Antonio. Iván siempre le llamaba Jose. Llevaba mucho tiempo sin verlo. Era otro chico introvertido, incluso más que él y ambos compartían todos los secretos. Podía decirse que eran uña y carne, es más, probablemente Iván era el único amigo que tenía José Antonio. De nuevo al pasar por el dormitorio de su abuelo volvió a tener esa extraña sensación, a la que no quiso dar mayor importancia. Salió de la casa y fue por la calle abajo, que terminaba en unas largas escalinatas. Descendió por ellas y al llegar al final se encontró frente a la casa de su gran amigo. La puerta estaba cerrada y una vecina le dijo que aún no había vuelto de las vacaciones, lo que le produjo una enorme desilusión. Volvió a subir por las escalinatas, continuó hasta el final de la calle y torció camino del castillo. Era un sitio que le encantaba y al que iba mucho. Entre aquellas viejas ruinas árabes pasaba largas horas del día a solas inventando historias. Allí, Iván daba rienda suelta a su imaginación, se veía al mando de grandiosos ejércitos en colosales batallas, o en singulares combates a espada por el honor de una bella dama, o desafiando a duelo a un villano bajo el tórrido sol del lejano oeste, o liderando un comando en una arriesgada misión tras las líneas enemigas... Era uno de los varios escondites que tenía repartidos por todo el pueblo, lugares recónditos y desconocidos para la mayoría de la gente, donde nadie le molestaba. Solo su amigo Jose sabía de su existencia y también pasaba mucho tiempo allí, solo o con Iván. No es que no se relacionasen con otros niños, ya que a ambos les gustaba jugar al fútbol y a otros juegos con sus compañeros, pero en muchas ocasiones preferían estar los dos solos inventando historias e interpretando las mismas en sus escondites secretos. Tan bien se lo pasaban allí, que no en pocas ocasiones perdían la noción del tiempo y llegaban tarde a casa. Para que sus madres no les riñesen, siempre ponían la misma excusa: que venían el uno de la casa del otro. Y esto, por lo general, les funcionaba.

El día transcurrió sin producirse nada que mereciera mayor mención, pero la cosa fue bien distinta al caer la noche cuando después de cenar su madre le pidió que bajase la basura. Al ir acercándose a la habitación empezó la sensación, pero esta vez dejó de ser extraña y empezó a ser reconocible. El miedo a aquella puerta iba aumentando en su interior. No sabía qué se lo producía, pero lo notaba, algo había allí dentro que le producía un terrible terror. Lo cierto es que bajó los últimos peldaños corriendo, cruzó la entrada y salió a la calle para dejar la bolsa que llevaba en la mano. Se quedó un momento allí atormentado por una terrible idea, tenía que volver a subir a su casa, tenía que volver a pasar por delante de aquella puerta. Estuvo un buen rato retrasando ese inevitable momento, pensando que iba a hacer. Al final la decisión tampoco fue muy difícil: entrar y subir corriendo lo más deprisa posible y lo más alejado que pudiese de aquella habitación. Pensado y hecho. Tan rápido lo hizo que llegó al tercer piso en un santiamén, totalmente sin resuello. A partir de aquel día subía y bajaba siempre a toda velocidad. No sólo intentaba alejarse de la puerta, sobre todo de noche, sino que después de la muerte de su abuelo no volvió a entrar en el dormitorio. Incluso en varias ocasiones en las que al entrar en la casa pudo ver desde el umbral la puerta de la habitación abierta, de inmediato daba media vuelta y volvía a salir a la calle a hacer tiempo.

Fueron pasando los días pero su temor no se desvanecía, sino todo lo contrario, iba en aumento. Cuando se acostaba, la intranquilidad y el desasosiego no le dejaban dormir. En su mente sólo había preguntas sin respuesta que se repetían una y otra vez: ¿Qué había allí dentro? ¿Qué intentaba atraerle hacia allí? ¿Con qué intenciones?...

De repente una noche que ya estaba dormido una pesadilla lo despertó. Sobresaltado, dio un brinco que lo dejó sentado en la cama. Al abrir los ojos, frente a él se encontraba la puerta maldita, envuelta como en una neblina y tras ella un esqueleto que semicubierto por una larga capa negra le llamaba. Muerto de miedo alargó la mano y después de varios intentos consiguió coger el interruptor de la lamparita y encenderla, de inmediato se desvaneció toda aquella pesadilla. Ya no apagó la luz ni se destapó en lo que restó de noche, ni pudo conciliar el sueño, porque cada vez que cerraba los ojos veía aquella horrenda imagen.

A la mañana siguiente, al levantarse, su miedo había aumentado. De hecho, a partir de ese mismo día, dejó de ser necesaria la complicidad de la noche para que sintiese terror al pasar cerca de la habitación. Ya le ocurría incluso a plena luz del día.

Ese mismo día, después de salir de su casa, se encaminó a uno de sus refugios pero su mente no podía imaginar ninguna de las historias que tanto le entusiasmaban. No podía quitarse de la cabeza la imagen de ese esqueleto tras la puerta del dormitorio de su abuelo. ¿Sería el espíritu de su abuelo que quería comunicarse con él? Quizás necesitaba su ayuda para poder descansar en paz…. Pero después de recapacitar un buen rato llegó a la conclusión de que aquel ente no podía ser su abuelo, era demasiado monstruoso y sus intenciones no le daban buena espina. 

Antaño, su abuelo y él pasaban mucho tiempo juntos. Cuando volvía de la escuela por las tardes se sentaba a su lado durante largas horas escuchando sus historias, que le encantaban, por lo que llegó a la conclusión de que aquel esqueleto no podía ser otro que la muerte, que se había llevado a su abuelo pero que aún no había abandonado la estancia. Pero ¿por qué? ¿quería llevárselo también a él? Este pensamiento no abandonó su cerebro durante todo el día.

Por la noche intentó retrasar al máximo la hora de acostarse hasta que llegó el momento irremediable de irse a la cama. Con la lamparita encendida y la sábana por encima de la cabeza intentaba alejar de su mente aquellas terribles imágenes que le habían acompañado durante todo el día. Pero no lo conseguía. Así que decidió pensar en la manera de enfrentarse a sus temores, de luchar con aquel ser infernal que le acechaba tras la puerta del dormitorio de su abuelo. Sabía que ni siquiera su madre lo podía ayudar en esta ocasión. Sólo podía esperar la llegada de su cómplice de siempre, su querido amigo Jose. A la mañana siguiente era lunes, comenzaba el colegio y él llegaría sin ninguna duda. Dándole vueltas a este pensamiento acabó quedándose dormido.

Se levantó como un resorte a la primera llamada de su madre, se vistió en un santiamén y desayunó con una rapidez inusual. Salió disparado de la casa, bajó la calle y las escaleras y se plantó frente a la casa de su compinche, al que comenzó a llamar a gritos desde el portal. De inmediato, una voz salió por la ventana y a continuación una cabeza de cabello liso y rubio, con unas gafas de pasta gris que cubrían la mayor parte de su cara, le contestó que bajaba de inmediato. Al llegar a la acera se fundieron en un abrazo interminable. Jose era algo gordito y más bajo que Iván. Los dos se encaminaron hacia el colegio sin parar de contarse todo lo que les había sucedido durante su larga separación. Había regresado de las vacaciones justo la noche anterior, por eso no se habían visto aún. Sin embargo, Iván no se atrevió por el momento a decirle nada sobre la habitación de su abuelo, no sabía de que modo podía reaccionar. Pensaría que estaba loco, o algo peor. El resto de la mañana en el colegio transcurrió con normalidad. Por la tarde, después de merendar, ambos se reunieron en uno de sus refugios para seguir contándose las aventuras que habían vivido en aquellos meses. Pero Iván no podía dejar de pensar en lo que le estaba sucediendo, por lo que se encontraba como ausente mientras el otro hablaba y hablaba. Jose se percató de que algo le sucedía y le preguntó qué era. Tal era su desazón, que decidió contárselo, a pesar de lo que su amigo pudiese pensar de él. Y así lo hizo. Jose le escuchaba con los ojos como platos, sin perderse el más mínimo detalle. Tanto le estaba impresionando el relato que hasta comenzó a asustarse, pero no lo dijo. No quería que su amigo se dejase ni el más mínimo detalle atrás.


Cuando terminó de contarle el sorprendente relato, Jose no solo no pensó que estaba loco, sino que lo creyó por completo. Es más, para que no se sintiera como un bicho raro le dijo que él no era el único al que le había pasado eso y que una vez su hermana Laura y una de sus amigas le habían contado una historia, que había pasado de verdad, en la que también estuvieron apareciéndose esqueletos a los familiares de un muerto durante años, hasta que un sacerdote exorcitó la casa y consiguió echar a los demonios. Lo que Jose no sabía es que era una de tantas historias que su hermana y sus amigas se inventaban o sacaban de películas que habían visto, y se la relataban sabiendo lo miedica que era para asustarle, y así poder reírse de él. Los tres años que tenían más que ellos, y la ingenuidad infantil de los niños, les daban el poder de engañarlos a su antojo. Ni era la primera vez que lo hacían, ni sería la última.

Así que decidieron solucionar el problema ellos mismos por su cuenta: irían y le pedirían a la hermana de Jose que les explicase que se tenía que hacer para echar a un esqueleto de una casa. Por supuesto, jamás le contarían a Laura nada de lo que ocurría en realidad, entre otras cosas porque no los iba a creer y se burlaría de ellos. Le dirían que a él se le había olvidado parte del relato e Iván tenía mucho interés en oírlo, e insistirían disimuladamente en la parte de la expulsión de los demonios.

Salieron de su escondite en busca de Laura. La encontraron con una de sus amigas en el umbral de su casa, la llamaron y después de insistir largo rato consiguieron que les prestase atención. Juntas se acercaron a ellos y ambos niños le preguntaron de inmediato que se hacía para echar a un espíritu de una casa. Las dos al unísono se echaron a reír, pero tras la insistencia y que en realidad estaban algo aburridas decidieron explicarles con todo detalle, mejor dicho, inventarse con todo detalle, como se hacía. Los dos muy atentos para no olvidar después nada, iban anotando en su memoria paso a paso todo lo que había que hacer. Cuando las amigas dieron por terminada la trola, se marcharon. Era casi la hora de cenar y como ya no tenían tiempo para hacer nada esa noche, decidieron que los dos lo apuntarían todo en una lista y pensarían como conseguir aquello que iban a necesitar, así que sin más se fueron a sus respectivas casas.

Después de cenar se fue de inmediato a su cuarto, cogió una libreta y un lápiz y se puso a confeccionar la lista. Nada más terminarla se metió en la cama pensando de donde sacar todas aquellas cosas y se quedó dormido. Hacía muchas noches que no se dormía con tanta facilidad y sin tener miedo. Tal vez se debía a que tenía la mente totalmente ocupada en aquellos preparativos, que no le dejaban pensar en otra cosa.

Al día siguiente tras la hora de la merienda se reunieron en las ruinas del castillo. Llevaban las mochilas cargadas con todos los objetos que habían podido reunir para realizar su particular exorcismo. Comenzaron a sacar de ellas una Biblia, en la que tenían que buscar el pasaje relativo a la expulsión de los demonios; una pequeña botella para recoger en la iglesia agua bendita, y con ella llenar un almirez de bronce y una bufanda para usarla como escapulario. Llevaban además un montón de cachivaches que no sabían si les serían de utilidad, pero más valía estar preparados para cualquier imprevisto. Ahora sólo les faltaba ir a la iglesia a llenar la botellita en la pila bautismal y al cementerio a recoger una bolsa de tierra santa, que no se atrevería a pisar, ni el más terrible de los demonios.

Se encaminaron hacia la iglesia, que no quedaba muy lejos de donde se encontraban, siempre y cuando se conociesen todas las callejuelas y atajos del casco antiguo del pueblo, pero en ello eran precisamente unos expertos. Entraron corriendo al templo. En su interior sólo habían dos señoras mayores, vestidas de riguroso luto, sentadas cada una en un banco y el sacristán, que iba de un lado hacia otro, como si estuviese muy ocupado, aunque en realidad lo único que hacía era apagar con disimulo las velitas de los altares que las devotas habían encendido, con el fin de que se utilizaran el mayor número de veces y así su productividad económica, a base de donativos, fuese la mayor posible. Estuvieron más de media hora sentados en el último banco, disimulando su impaciencia; nadie sospecharía de ellos ya que ese mismo año tenían que hacer la comunión. No sería de extrañar que estuviesen en la iglesia hablando con Dios…. De repente, una de las ancianas se levantó, salió al pasillo, se santiguó y abandonó la iglesia. De inmediato la otra hizo lo mismo, como si estuviese esperando para no ser la primera. Sólo tenían que esperar un golpe de suerte, o más bien dos, que no entrara nadie más y que el sacristán fuese a la sacristía, lo cual no tardo mucho en suceder. Este fue justo el momento que aprovecharon los dos niños para acercarse a la pila bautismal y llenar la pequeña botella que portaban. Con una pequeña cantidad era suficiente, porque habían oído que echando solamente unas gotas de agua bendecida en un litro de agua del grifo ésta se transformaba de inmediato en agua bendita. Tras llenar el recipiente salieron con rapidez de allí, pero al llegar a la calle se percataron de que era casi la hora de cenar y no les iba a dar tiempo a ir hasta el cementerio, que se encontraba a las afueras del pueblo, por lo que decidieron que irían al día siguiente. Así que se marcharon para sus respectivas casas, llevándose Jose todas las cosas a la suya. No querían que el ser endemoniado del dormitorio de su abuelo pudiese sospechar que estaban planeando deshacerse de él.

A la tarde siguiente, como habían convenido, se encontraron en la puerta de Jose y, aún dando mordiscos a los bocadillos de la merienda, se encaminaron hacia el campo santo que se encontraba como a un par de kilómetros del pueblo; recorrieron el estrecho camino asfaltado, flanqueado por dos hileras de erguidos cipreses, hasta llegar a la verja de entrada. A esas horas se encontraba abierta, por lo que la atravesaron, no sin cierto miedo. Había algunas personas depositando flores en las tumbas de sus fallecidos, además del vigilante, que era vigilante, jardinero, sepulturero y muchas otras cosas. Buscaron un lugar estratégico donde no fuesen vistos por nadie y en él llenaron de tierra la bolsa que portaban con una pequeña pala de jardinería. Posteriormente la metieron en la mochila y abandonaron el lugar a toda prisa. No les hacía ninguna gracia estar allí dentro. Ya tenían todo lo necesario para limpiar la casa de espíritus no deseados, sólo debían aguardar hasta el día siguiente, que era sábado, para hacerlo. Esa noche ninguno de los dos pegaron ojo debido al nerviosismo de la espera.

Había llegado el momento de la verdad, lo tenían todo preparado y planificado, no habían dejado ni un solo detalle al azar. Por la mañana después de desayunar y sin que nadie lo viese, Iván había cogido las llaves de su abuela para poder entrar en el dormitorio. Fue en busca de su amigo, y en la entrada de su bloque hicieron los últimos preparativos. Cargados con todos aquellos extraños objetos entraron en la casa endemoniada. Frente a la puerta de la habitación, Jose se colocó la bufanda a modo de escapulario, tomó la Biblia en sus manos y la abrió por la página que previamente habían escogido. Mientras, Iván había llenado el almirez con el agua bendita y depositado la tierra que recogieron en el cementerio en una espuerta, para que le fuese más fácil lanzarla sobre el suelo.

Jose cogió la llave que le daba su amigo y la introdujo en la cerradura. Se miraron los dos como buscando la complicidad mutua. En ese preciso momento, ambos niños dieron un respingo hacia atrás al oír lo que les pareció una especie de lamento. Decidieron que a pesar de aquello debían continuar. Si el demonio presentía algo huiría. Jamás lo cogerían tan desprevenido como en aquel momento. Así que se acercaron de nuevo a la puerta, giraron la llave y la puerta se abrió. El interior estaba en penumbras, sólo una tenue luz se filtraba a través de las rendijas de la persiana de la ventana. De inmediato, Iván esparció la tierra por el suelo. Muy despacio y temblando, los dos entraron en la estancia, poniendo sumo cuidado en no pisar algo que no fuera la tierra santa que les protegería en todo momento de cualquier ser diabólico. Nada más entrar Jose comenzó a recitar el párrafo de la Biblia e Iván a santificar la habitación con el mazo del almirez mojado en el agua bendita.

No habían transcurrido unos pocos segundos cuando se escuchó una especie de grito, que provenía de una figura negra a espaldas de los niños, lo que hizo que ambos se pusieran a gritar horrorizados de miedo y cayeran al suelo, saliendo por los aires todas las cosas que los niños llevaban en las manos. El susto fue tan grande que estuvo a punto de darles un ataque al corazón. Después de la primera impresión y tras iluminarse el cuarto, la situación se fue esclareciendo poco a poco. Aquella figura negra comenzó a reñirles por haber puesto perdida la habitación de tierra, esa figura terrible, tan sólo era su abuela con un enfado monumental.

Los niños intentaron explicar lo que estaban haciendo a la madre de Iván, que no comprendía aquella tontería y lo castigó durante una semana entera. La madre de Jose también lo castigó, por solidaridad maternal, según pensaban los dos niños.

Iván averiguó posteriormente que aquellos ruidos no se debían a otra cosa que a unas tuberías viejas y que todo aquel mal entendido fue debido a su desmesurada imaginación.

A mi amigo Rodri

Alfredo López



Vacaciones en Paz Saharauis

Jornadas Europeas del Patrimonio 2015

La Plaza de Toros de Villaluenga

Ciudad Romana de Acinipo

Que la Vida es un Carnaval

Cádiz de la Sierra al Mar